Recuerdo que llegaba los lunes y en cuanto me sentaba en la silla una neblina se tornaba en el marco de mi mirada. Veía todo como si de una fantasía se tratase, como cuando en una película se encuadra el sueño de la protagonista y se quiere hacer notar para los espectadores, así lo veía todo, enmarcado entre nubecillas.

Creo que mi contacto con la realidad era más bien escaso, vivía inmersa en la negación, me decía una y otra vez que no era para tanto lo que me había pasado, que además casi no me acordaba de nada, que no era digna de estar en esa sala, porque lo que yo había vivido no era suficiente…

Llegué rota, con los ojos hinchados, descompuesta, sin poder expresarme, lloraba a cada instante, y pensaba que aquello era horrible, que esos primeros meses eran lo peor que me había pasado nunca. Tomar consciencia fue durísimo. Nunca olvidaré las palabras de una muy buena amiga que conocí más tarde “…el primer año es un acto de fé…”, qué razón tenía, aunque algo más circulaba en mi interior. Sabía que se había abierto una puerta que jamás se iba a volver a cerrar, sabía que ya nada iba a ser igual que antes, sabía que me había pasado algo que daba respuestas.

Y en medio de toda esta explosión estabas tú. Que nos recogías a todas cada lunes, que nos escuchabas, sostenías, amabas, aceptabas, abrazabas…

De Carmen recuerdo y recordaré muchas enseñanzas siempre, toda la vida, para mi es alguien muy muy especial, conocerla me ha cambiado y tú le andas cerca.

Me llevo tantas frases de ti…sabias, amables, amorosas, siempre desde el respeto:

-Esto es la vida!

-Cuanto más luchas contra algo, más fuerte se vuelve.

-Quien te enfada tiene poder sobre ti.

– Lo que te dice tu mente son tontadas.

-¿Qué pasa si te dejas caer?

-Podemos cambiar de opinión

-Pon los pies en el suelo…respira

– No puedes saber si te gusta la pera  si no lo has probado.

Y muchas otras más.

Recuerdo una vez que nos contaste un cuento. Lo adaptaste ya que no te acordabas muy bien pero el mensaje quedó claro.

“Había una vez  una niña que tenía un cacito atada a la cintura. No sabía cómo había llegado allí, pero el caso es que no se lo podía quitar y siempre que andaba lo hacía con él atado.

Al caminar, se le enredaba entre las piernas y acababa cayéndose, y se hacía heridas en las rodillas. Otras veces hablaba con alguien y el cacito se ponía en medio estorbando en la conversación.

A la niña no le gustaba el cacito, le molestaba y no le dejaba hacer una vida normal, al principio se enfadaba con él y lo maldecía. Pero pasó el tiempo, y se dio cuenta de que el cacito iba a estar con ella para siempre, así que un día decidió airosa no volverse a mostrarse  en guerra con él. Lo echaba a un lado y andaba.

El cacito siempre estaba allí, pero la niña aprendió a que no le molestara.”

Creo que no hay manera equitativa para poderte dar las gracias por todo lo que me enseñaste.

Sólo quiero decirte que después de unos cuantos años todavía me resuenan tus frases y que espero no olvidar tu nombre, porque también te debo mucho.Muchísimas gracias Eugenia.