Experiencias de Supervivientes

Y. I.Y. I.

Dos mundos, dos personas, un cuerpo.
Yo.
Por un lado, una mujer “feliz”, con una vida completa y llena de ilusión: 28 años, una reciente boda preciosa, una mujer a la que verdaderamente admiraba y admiro, una increíble casa nueva, un trabajo totalmente vocacional y una sonrisa pintada en la cara. Por el otro, una constante guerra interna. Una lucha contra El Bicho que habitaba en mí. El Bicho parecía inofensivo a veces, estaba bien peinado y perfumado y conseguía controlarlo; pero otras era capaz de hacerme dudar de cualquier cosa y conseguir que me nublara y entrara en unos bucles interminables que me hacían sufrir y hacían sufrir a la persona con quien los pagaba. Nunca sabía quién ganaría la batalla, ¿El Bicho o yo?. La mayoría de veces eran luchas ciegas y mudas que quedaban dentro de mí, pero cuando una de ellas se desbocaba generaba un estruendo ensordecedor.
Una bonita vida fuera y una batalla campal dentro. Dos mundos que pelean: lo que “debería” ser vs. lo que es, lo que dictan las expectativas vs. la realidad, lo racional vs. lo irracional, lo que muestras vs. lo que escondes, lo que anhelas vs. lo que consigues… ¿Cómo conviven esos extremos?
Todo aquello solo me llevaba a las mismas preguntas: ¿estaba loca?, ¿era mala persona? Preguntas que con mucho esfuerzo despachaba de mi mente y sustituía por la afirmación de que estaba bien.
Tenía “una vida” y estaba mejor de lo que nunca había estado. “Solo” tenía que seguir esforzándome por que el mundo bonito- mi yo bonito, ganara.
Resultaron ser demasiados combates, demasiadas dudas, demasiado dolor tan bien maquillado que ni yo misma veía. Una no ve más de lo que puede ver, y mientras no ves, lo que hay son tinieblas, son claros y sombras.
Un día mi “feliz” mundo dejó de serlo, mi matrimonio se rompió. El Bicho había ganado, y entonces ya no había dudas, solo lo que yo creía eran verdades absolutas: me veía un monstruo que rompía aquello que tocaba, un ser tan malo que solo sabía generar dolor, alguien incapaz de mantener algo bueno. Pero yo no quería eso para mí, había algo dentro que me decía que yo no era así.
Ese algo me llevó a Garaitza.
Allí, con una mezcla perfecta entre cariño y dureza y cuidado y crudeza; Carmen me enseñó a dar voz a mi verdadero yo, y comencé a hablar desde lo más profundo. Entonces lo ví, había tocado fondo… ¡y menudo alivio! No era un bonito paraje, no; era aterrador, pero qué bueno es hallarse.
Solo sabiendo de dónde partes puedes comenzar a avanzar.Me encontraba por fin en el camino, un camino únicamente mío que nadie podía andar por mí. Sí, era mío, solo mío; sin embargo, no iba a hacerlo sola, estaba en Secuelas. 17 (15) compañeras y compañeros compartiendo un mismo mapa por el que nos moveríamos a distintos ritmos y cogeríamos distintos atajos. Cada una su mochila, sus pies, sus pasos… pero la fuerza del grupo que te protege, las manos de las compañeras que se extienden para ayudarte a levantarte cuando caes, la complicidad del círculo que te escucha sin juicio, la energía compartida que te impulsa.
La X estaba marcada ya en nuestro mapa y el tesoro estaba claro: quitarnos el disfraz que nos poníamos a diario y vivir sin sobrevivir.
Así comenzó el viaje, como una partida de cartas en la que a veces pierdes la mano pero no la timba. Las primeras bazas fueron duras, empecé a destapar los personajes de mi baraja; esos “yoes” más desconocidos con los que me había estado manejando y debía hacer las paces: mi yo tirana, mi yo prepotente, mi yo victimizada, mi yo salvadora, mi yo verdugo … uf cómo dolía. Poner todas esas cartas sobre el tapete hizo relucir lo oculto tras ellas: el miedo, la culpa, la vergüenza…
Todo comenzó a cobrar sentido. Me sentí como cuando supe que era disléxica, ese día comprendí que no era tonta; todo tenía una razón de ser con aquello, y también lo tenía esto. No era un monstruo, no estaba loca; era una persona muy dañada. No es una justificación, es asumir mi realidad. Hacerme de verdad cargo de mi vida, validar lo vivido y validarme a mí misma en ello, es lo que ha marcado la diferencia. No hablo de saber que viví abusos sexuales en la infancia, eso ya lo sabía antes; hablo de hacerme cargo de mi historia, de verme sin máscaras ni gafas opacas. Sin duda el descubrimiento no repara lo hecho, pero permite proyectar nuevos caminos.
Cada fin de semana de secuelas era una nueva mano y a veces no tenía claro si iba ganando o perdiendo la partida. Sin embargo, empecé a ver que pasaban cosas extraordinariamente ordinarias. No tengo para olvidar el día que me ví a mí misma yendo a por el coche saltando por el parking como una niña pequeña, o cantando y bailando en la ducha como si solo existiera yo, o el primer día que pude dormirme en la playa sin miedo, o cuando empecé a notar que mi cuerpo estaba despertando… Esos días eran muestra de que cuando el trabajo está realmente hecho, las cosas suceden sin ponerles especial voluntad: dejas las batallas y las bailas, sueltas los miedos y los respiras, alejas la disociación y sientes, aparcas el látigo que te fustiga y te perdonas, rebajas la autoexigencia y te aceptas, olvidas los autocastigos y te abrazas.
Entonces te sientes y te sabes tú. Sencillamente tú, perfectamente imperfecta (qué bonito quererte imperfecta). Y cuando te perdonas, perdonas. Y cuando dejas de esperar, acoges lo que viene. Y cuando aceptas, sueltas. Y cuando te dejas, vives.

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