“Me falta el aire, me falta espacio, necesito salir, necesito respirar. Las medidas de una hora con los niños y las niñas en la calle han sido un aliento, pero ya me vuelve a faltar oxígeno.

Todo es dar, y es agotador, realmente cansado, mentalmente pesado.

Me comparo con las pocas personas con las que cruzo palabras en la calle, ¿por qué tengo la sensación de que ellas lo llevan mejor?¿por qué parece que todo este confinamiento no les afecta tanto?. Sé que no debería de comparar mi situación a la de otros u otras, cada uno es un mundo, y mis zapatos los llevo yo. Y llego a la conclusión, lo sostengo como puedo, como yo sé hacerlo en este momento, y me digo a mi misma, “lo estás haciendo de maravilla, sólo que a veces te puede el mundo, la situación, y no dejas de ser maravillosa por ello”.

Me detengo un momento y pienso si tendrá que ver con el pasado. La ansiedad que muestro mordiéndome las uñas, llevaba años sin hacerlo. Teniendo pesadillas, todas las noches hay algo, también llevaba años sin padecerlas…en estos casi dos meses que llevamos en casa metidas, me han dado por lo menos cinco brotes, uno de ellos bastante fuerte, pero ya los controlo, y gracias a la medicación ya no se me para la vida, pienso si todo esto tiene que ver con mi infancia. Carmen lo confirma.

Me viene a la mente la palabra “enjaulada”, así me siento, y eso que mi casa es mi castillo, ahora es mi HOGAR, pero pienso en todos esos episodios en blanco de mi niñez, todos dentro de casa, la sensación de estar “enjaulada” también la tenía, ya que en cuanto pude marché corriendo, escapando.

Sea lo que sea pienso una cosa, me siento así, me siento triste y lloro muchas noches porque, ahora mismo, no me encuentro bien, pero tengo claras varias cosas, que esto pasará y que mi tristeza también es válida, que no la voy a apartar, y que a partir de este momento me voy a abrazar todas las noches y me voy a repetir lo bien que lo estoy haciendo.

Todo esto también pasará, y mañana será otro día.”

Esto es lo que escribía en pleno confinamiento por el coronavirus, estas eran mis sensaciones, han pasado unos meses y en ellos el privilegio de las vacaciones en plena naturaleza, de una manera ermitaña, en familia.

Releo lo que escribí y me doy cuenta de que he hecho exactamente lo mismo que cuando me marché de casa de mi madre, he escapado del confinamiento. En cuanto se abrieron las puertas marché y ahora que vuelvo, ahora que comienza la nueva incertidumbre del curso, de los colegios, de mi vida, hoy volviendo en la furgoneta me he dado cuenta de que me ha faltado un poquito el aire otra vez. Las casualidades no existen.

No sé lo que vendrá, pero me llevo cada rayo de sol alumbrando las flores, cada cascada y su sonido, cada árbol centenario que he conocido…la mirada de mi compañero cada mañana, la sonrisa de mi hija de siete años con tres dientes de leche menos, el abrazo y gesto de complicidad de mi hijo y la cola moviéndose de mi perrita.

No sé lo que vendrá y si se repitiese la historia creo que me volvería a faltar el aire, y quiero no agobiarme con la idea, porque “caer” no es malo, “caer” dice cosas de mí y aprendo, como lo he hecho ahora y, lo más importante, está permitido de vez en cuando.

Lo que tenga que venir, vendrá.

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