Todos hemos sido niños y niñas alguna vez, y en algunas ocasiones, al dormir, hemos tenido pesadillas, un miedo intenso que hace que nos despertemos llamando a gritos a nuestros padres, esperando ese abrazo protector y esas palabras dulces que nos devuelvan la tranquilidad. Un niño/a abusado/a sexualmente en la infancia, vive con ese miedo y esa angustia día y noche, día tras día, año tras año. Además, se añade el dolor, el desamparo y la vergüenza de creer que es culpa suya y se pasa los días dando ese grito de ayuda que nadie escucha. A medida que va creciendo, el tema se complica. El miedo, la vergüenza, la culpabilidad, la desconfianza, la desesperación… se van multiplicando y aparecen nuevos síntomas: falta de autoestima, híper-vigilancia, impotencia, depresiones… todo siempre acompañado de un miedo indescriptible. Yo he vivido 35 años en silencio. Es muy duro y difícil. Mi cabeza siempre centrifugando a 1.100 revoluciones… angustiado, acojonado, con manías, terrores nocturnos…viviendo como podía porque creía que, si hablaba de mi desgracia, todo se resquebrajaría, todo se acabaría…verían el bicho que era, descubrirían el disfraz y el maquillaje que había llevado todos estos años. Hablarlo para mí fue una liberación. De hecho, paso todo lo contrario de lo que toda mi vida había pensado. No fue el fin, sino el principio de mi recuperación, como si hubiese quitado el tapón de la bañera y poco a poco se fuese toda la mierda. Y aunque quedan restos en las paredes, y duelen, poco a poco con mucho trabajo y estropajo lo quitaré. Es cierto que nunca tendré una bañera nueva, pero si una más limpia y más brillante. Sé que quitar el tapón es muy difícil (yo he tardado 35 años) pero, puedo asegurar, que es mucho más difícil vivir con esa agua sucia toda la vida. Sé que ahora mismo estoy con el estropajo, frotando, y tengo ganas de ver la bañera brillar, y para eso trabajo. P.p.