Y me dijo Juanma, “…¡venga Nerea!, mójate un poco más, seguro que puedes hacer alguna letra que hable más de tu interior, de algo que cada vez que lo cantes reproduzcas porque es un sentimiento latente…”, y así lo hice.

Ni él ni yo supusimos el resultado de aquella conversación, la apertura de la caja de Pandora, o mejor dicho, la apertura de la habitación de los horrores, de mis horrores.

Le escribí sobre la muerte de mi padre, prematura y repentina, sin posibilidad de despedida ni aclaraciones y terminé confesando los abusos sexuales de mi infancia y el dolor por la espalda que me dieron mis progenitores cuando les dije “…aitite me toca…”.

Carmen me lo explicó, yo no estaba rota, ni era rara ni extraña, sólo que llevaba conmigo una mochila llena de peso que me fueron y fui poniendo desde el comienzo de los abusos, y que por aquel entonces, la creía parte de mi misma.

Juanma lo encajó como buenamente pudo, está claro que no era plato de fácil digestión, pero para mi lo importante del asunto es que aproveché la ocasión para coger un tren que llevaba buscando mucho tiempo, e inconscientemente me subí con el billete que acababa de comprar al contárselo. Este tren me ha llevado y me lleva de una parada a otra hasta el día de hoy, a veces son paradas muy duras en las que me he pasado mucho tiempo llorando ser victima, sintiendo el dolor y la desdicha que no me había permitido sentir hasta ese momento. Otras más fugaces pero intensas, como la ira descargada y sanadora, pero en todas he tomado y tomo consciencia un poco más, de lo que fue, lo que pasó y con quien o quienes, de mi misma, de como respondo y me muevo.

Me metí en Internet, y cuando nunca antes obtuve soluciones a mis búsquedas, tuve una gran sorpresa. Encontré Garaitza, navegué por su web y escribí un mail pensando que podrían ayudarme, que podría encontrar respuestas. Sólo ya en mi primer encuentro con Carmen mi vida comenzó a cambiar.

Recuerdo que le dije que siempre me había sentido un bicho raro, extraña, que no encajaba y que me sentía rota por dentro…creyó cada una de las palabras que dije y por primera vez en mi vida me sentí amparada, con esperanza, válida, creída. Descubrí que la culpa exagerada que sentía por todo, la vergüenza que me decía “no tienes derecho a…”, la desconfianza extrema, hipersensibilidad e hipervigilancia, ¡incluso la perdida de olfato que sufría desde niña!, eran algunas de las secuelas que me habían acompañado siempre.

Sin saberlo me estigmatizaba a diario por heridas del pasado, que no sabía ni que estaban, para mi formaban parte de mi propia piel desde que nací, como si de un mal nacimiento se tratase, como si algo hubiese salido mal el día que vine al mundo, pero no, era adquirido, yo estaba bien, no hubo nada mal en mi nacimiento, Carmen me lo explicó, yo no estaba rota, ni era rara ni extraña, sólo que llevaba conmigo una mochila llena de peso que me fueron y fui poniendo desde el comienzo de los abusos, y que por aquel entonces, la creía parte de mi misma.

He ido quitando peso, mucho diría yo…y sé que habrá partes de esa mochila que no se irán nunca, vivir con ellas sin que me estorben es lo que me toca aprender.

Nerea M.